| Jos� de Arce (�1603-7?/1666) En la alarmante mediocridad que domina la imaginer�a contempor�nea, las obras de este escultor tard�amente valorado aparecen como joyas incalculables, fruto de una inspiraci�n irrepetible. En los logros de Jos� de Arce se intuye una pericia revolucionaria, el mayor triunfo de la libertad creativa por conllevar tanto una lecci�n de arte en cada una de sus creaciones como una trasgresi�n en tiempos duros para otros modelos que no fuesen los tomados de las directrices de un predecesor en maestr�a con el que colabor� y cuyas propias creaciones hasta lleg� finalmente a influenciar. En principio, podr�amos hablar exclusivamente en este art�culo de un Jos� de Arce imaginero, pero esta reducci�n resulta tan sumamente injusta como dif�cil de llevar a cabo, en tanto que la obra de Arce se erige en todo momento como portavoz en su �poca de muy distintas corrientes escult�ricas, ninguna de ellas excluyente. En palabras de los estudiosos Gonz�lez G�mez y Roda Pe�a, el escultor trae a la escuela sevillana los ecos del barroco europeo, n�rdico e italiano, recre�ndose en el arte de figuras como Rubens o Bernini y basando su est�tica en actitudes arrogantes y discursivas, con movimiento helicoidal (1). A Jos� de Arce le falt�, si acaso, voluntad de autor independiente y una mayor habilidad para superar el sistema de factor�as de imaginer�a, propio de su �poca, donde gran parte del trabajo quedaba algo dilu�do al hacerse en equipo, maestro y disc�pulos en la mayor�a de los casos, compa�eros al mismo nivel en otros. Un buen ejemplo lo tenemos, seg�n los estudiosos Romero Torres y Recio Mir, con sus participaciones primerizas en el retablo de San Juan Bautista del sevillano Convento de Santa Paula o en el retablo de la Virgen de la Oliva, de Lebrija, encomendados a Felipe de Ribas y Alonso Cano, respectivamente (2) y (3). La b�squeda m�s importante de Arce desde que lleg� a Sevilla en 1636, un dinamismo expresivo que aumente el acercamiento del fiel con la estatua sacra, implicar�a en s� misma una alteraci�n de las f�rmulas monta�esinas que predominaban durante la primera mitad del XVII con el primer realismo barroco, pero quiz�s vaya m�s all� al plantearse el artista con sus obras una serie de innovaciones con respecto a cada una de esa f�rmulas y, por extensi�n, con respecto al concepto de imagen religiosa en su totalidad. Del mismo modo que existe un recientemente reconocido Jos� de Arce cuya depurada t�cnica admiramos todos, existe tambi�n un Jos� de Arce agitador formal que dinamita los usos establecidos en la escultura andaluza y lo hace mediante el empe�o de lograr resultados distintos: una pl�stica que gane en matices visuales, una mayor riqueza en la escenograf�a y un aumento de la teatralidad con claro af�n catequ�tico para el espectador. La importancia del arte de Jos� de Aertz, quien castellaniz� su nombre al casarse con su primera esposa la sevillana Mar�a de Arce, estriba en que, adem�s de introducir una est�tica nueva, resume a la perfecci�n la plenitud del barroco sevillano imperante en la segunda mitad de la centuria que incluso extiende su influencia hasta los comedios del siglo XVIII. Se trata de uno de los periodos m�s apasionantes de la historia del arte espa�ol, definida por los estudiosos Bernales y Garc�a de la Concha como un periodo de plenitud y expresividad para todas las artes, y que coincide con formas de vida exuberantes y plet�ricas de afanes de intensidad en todos los quehaceres y aun en los sentimientos (4). Una �poca salpicada tambi�n por incontables indecisiones en la est�tica, en la que el arte din�mico impuesto por Arce y asimilado por Pedro Rold�n, cuyo enorme prestigio ha eclipsado e incluso usurpado involuntariamente parte de la obra del flamenco, conviv�a con la gracilidad de Cano y la serenidad manierista que perviv�a en los disc�pulos de Monta��s. Las obras En el apartado anterior, hac�amos referencia a las constantes estil�sticas de la obra de Jos� de Arce. Tal y como se ha ocupado en rese�ar la cr�tica m�s reciente y a pesar de la divisi�n temporal establecida por el estudioso Romero Torres (5), el mayor conocimiento que se tiene hoy de sus trabajos hace imposible dividir el conjunto de su obra en periodos delimitados, no s�lo por ser poco prol�fica y analizada o por los cambios de registro que Arce muestra en diferentes creaciones, sino tambi�n porque la evoluci�n de su obra se entiende en el sentido de dominar con el tiempo unos recursos independientes, dentro de un mismo conjunto art�stico de referentes sociales y est�ticos. Tambi�n hay que precisar que, lamentablemente, un buen n�mero de sus obras se han perdido o se encuentran desaparecidas. Arce hered� de las maneras italianas, representadas en el quehacer de artistas como Borromini, el mencionado Bernini o su disc�pulo Fran�ois Duquesnoy, el gusto por la monumentalidad cl�sica y la emoci�n imprescindible para el cristiano. Tales consignas las llev� admirablemente al terreno de la retabl�stica, con trabajos como las esculturas del retablo mayor de la jerezana Cartuja de la Defensi�n (1637-40), las del retablo mayor de la Iglesia de la Merced de C�diz (hacia 1650), las realizadas para distintos retablos de la tambi�n gaditana Parroquia de San Agust�n (1650-1) y, sobre todo, los relieves y esculturas que decoraban el retablo mayor de la Parroquia de San Miguel, en Jerez (1641-9). De las primeras s�lo se conservan el monumental Apostolado y el Crucificado de su remate, tambi�n de tama�o mayor del natural (la imagen de San Pablo se halla desaparecida), las cuales se conservan en el refectorio y formaban parte de un trabajo en el que se mostr� por primera vez en nuestro pa�s la columna salom�nica, de fuste retorcido, y en el que tambi�n colaboraron Alonso Cano como fiador y Francisco de Zurbar�n como pintor. Las que labr� para La Merced son las im�genes de San Lorenzo, Santa Catalina de Alejandr�a, y las Alegor�as de La Esperanza y La Fe, ninguna de ellas conservadas al igual que una serie de bustos-relicarios que tambi�n ejecut� para el referido templo (hacia 1660). Los trabajos para San Agust�n fueron el relieve del Padre Eterno que coronaba el �tico del retablo mayor, hoy en d�a reemplazado por otro del c�rculo gaditano-genov�s; un relieve de La Asunci�n para la capilla sepulcral de Jos� Pinto, tambi�n perdido, y los dos �ngeles lampareros que flanquean al Crucificado de la Buena Muerte, obra err�neamente atribuida al maestro y que parece casar mejor con el estilo de su coet�neo sevillano Alonso Mart�nez. Respecto a la labor escult�rica del retablo de San Miguel, que bien merece un punto y aparte, gran parte de la cr�tica la considera como la obra mayor del escultor. Con estas piezas, Arce recib�a el encargo de concluir gran parte de la imaginer�a que, en un principio, fue encomendada a un Mart�nez Monta��s ya anciano y cansado. Pese a seguir las directrices b�sicas del maestro, su talento personal se despleg� con entidad propia y en las tallas encomendadas (los relieves de La Anunciaci�n, La Epifan�a, La Adoraci�n de los Pastores y La Purificaci�n de Jes�s en el Templo, y las esculturas de bulto redondo de San Juan Bautista, San Gabriel, San Rafael y San Juan Evangelista) Jos� de Arce dej� su sello personal (sobre todo en las figuras de los Arc�ngeles), bastante m�s din�mico y teatral que el maestro, cuyas creaciones de sus �ltimos a�os se ver�an influ�das por el estilo de su disc�pulo Juan de Mesa y el propio Arce (6).   En cuanto al popular Santo Crucifijo de la Salud, es una obra de Arce (7) que actualmente se halla inmersa en el marco de la piedad penitencial como titular de una Cofrad�a de Semana Santa en Jerez, ciudad a la que tambi�n estuvo muy vinculada su obra y vida personal hasta el punto de resultar bastante menos oscura que sus estancias en la capital sevillana. Decimos actualmente porque es muy probable que dicha imagen fuera en su origen concebida por Arce para coronar el retablo de San Miguel, sede can�nica de la hermandad, que hemos comentado anteriormente (8). Al igual que otras composiciones de Jes�s en la Cruz, como el mencionado de la Cartuja o el de tama�o acad�mico que se conserva en la Catedral jerezana (1645), presenta un rostro sereno, abundancia de llagas y heridas, anatom�a apol�nea y sudario anudado en la cadera derecha, muy volado, y cayendo en diagonal sobre la pierna. Existen otras tallas de car�cter pasionista err�neamente atribuidas a Arce, como la imagen del Se�or de la Oraci�n en el Huerto de la sevillana Cofrad�a de Montesi�n, obra documentada del taller de Pedro Rold�n cuyo gran parecido con la imagen del Se�or de las Penas puede haber llevado a confusi�n (aunque no es descartable que existiese una inspiraci�n directa en la misma dada la influencia de Arce sobre el maestro sevillano), y el Nazareno que se venera en el convento de MM Concepcionistas, de Lebrija, siendo probable que este encargo le fuera encomendado a Arce, el escultor hiciera el boceto pero luego Felipe de Ribas (artista con el que estaba muy vinculado y que por entonces trabajaba en Lebrija para Alonso Cano) se encargara del modelado y, por ello, dejara su huella en la talla, de gran parecido con el Nazareno titular de la sevillana Cofrad�a de Las Siete Palabras. Por su parte, todo apunta a que el Crucificado de la Salud, de la Cofrad�a sevillana de San Bernardo, sea obra de Andr�s Cansino (1669), el disc�pulo m�s afamado de Arce junto a Jacinto Pimentel y maestro del utrerano Francisco Antonio Gij�n, quien de este modo recibi� tambi�n influencias de las gubias del flamenco. Otras obras maestras de Arce son el San Bruno de la Cartuja de la Defensi�n (1639-40), magn�fica talla de gran ascetismo en su composici�n que se halla entronizado en el actual retablo mayor de Juan de Oviedo El Mozo, o las ocho colosales figuras p�treas, de gran recuerdo berniniano, que representan a los Evangelistas y los Doctores de la Iglesia y se hallan situadas en el antepecho de las tribunas de la sevillana Parroquia del Sagrario, para la que tambi�n labro el conjunto aleg�rico de Las Virtudes Teologales (1657-60) (9). Son tambi�n muy destacables la imaginer�a del retablo mayor de la Ex-Colegiata de Zafra (1662) as� como las obras realizadas para el Templo de San Dionisio, de Jerez: la imagen de vestir de San Bartolom�, realizada para efectuar procesi�n por las calles de la ciudad, el Ni�o Jes�s y San Juan Bautista Ni�o, cuyas actitudes, en opini�n de la estudiosa R�os Mart�nez, nos traen a la memoria los putti labrados por Duquesnoy (10). La iconograf�a de San Juanito volver�a a tratarla Arce en una talla para la jerezana Parroquia de San Marcos, de gran parecido con la anterior. Nuestro Padre Jes�s de las Penas Entre los meses de julio de 1996 y febrero de 1997, la venerada talla sufri� una importante restauraci�n por parte del Instituto Andaluz de Patrimonio Hist�rico (IAPH) bajo la direcci�n de los hermanos Joaqu�n y Raimundo Cruz Sol�s. El d�a 19 de diciembre de 1996, se le realiz� una exploraci�n interna mediante el uso de la endoscopia, descubri�ndose un antiguo documento que rezaba la siguiente leyenda: �En la �iudad de Seuilla A�o de mill y feiscientos y �inquenta y �inco; gouernando la silla Apoftolica nueftro muy Santo Padre Alexandro feptimo defte nombre, y afimismo Reynando en efpa�a nueftro catholico Monarcha Philipo quarto de efte nombre; y hizo efte Sancritsimo Chrifto d las penas Jofeph de Arze, de na�ion Flamenco parauna cofradia deltitulo delas penas de Chrifto nueftro Se�or y triunpho dela Cruz, que lafundo en Triana Diego Granado y Mosquera ela�o de 1644� Dicho hallazgo documental, de dimensiones comparables a los encontrados por el escultor Agust�n S�nchez-Cid al restaurar las im�genes de los Crucificados de la Fundaci�n y del Calvario, no s�lo supon�a conocer la paternidad de una obra hasta entonces de autor�a confusa, sino tambi�n dar un vuelco en el cat�logo de un escultor al que hasta ese momento no se le conoc�a obra aut�grafa en madera policromada ni obra realizada para una cofrad�a sevillana (11). La imagen, titular de la Cofrad�a de la Estrella que hace su estaci�n de penitencia el Domingo de Ramos, fue esculpida por Arce en madera de cedrela, midiendo 148 cent�metros de altura. Representa a Jes�s, sentado sobre una pe�a y esperando en el Calvario a que concluyan los preparativos de la Crucifixi�n. En realidad, se trata de una variante de la iconograf�a del Cristo de la Humildad y Paciencia, cuyo origen se encuentra en los grabados de La Pasi�n del tambi�n flamenco Alberto Durero (1510-11), s�lo que en este caso Jes�s no aparece afligido y meditabundo, caso de la talla que procesiona la Cofrad�a de La Sagrada Cena, sino clamando angustiado al cielo y con las manos entrecruzadas, en actitud orante. El Cristo de las Penas presenta una larga cabellera recogida hacia atr�s, dejando al descubierto ambas orejas. La barba es b�fida y, al igual que el cabello, posee un compacto modelado. Carece de corona de espinas, llevando una superpuesta para el culto interno en ocasiones excepcionales. El rostro, de rasgos hebreos, muestra el entrecejo fruncido en se�al de dolor, perfil recto, y los ojos y las pesta�as pincelados sobre la talla. El iris es de un sugestivo color miel. La boca, abierta para expresar la s�plica al Padre antes de que el sacrificio en la cruz se consume, muestra claramente los dientes superiores tallados. El pa�o de pureza se representa con un lienzo que cubre con varias vueltas la cintura del var�n. Las se�ales de la pasi�n se concentran mayormente en la frente, espalda y hombro izquierdo, y ambas rodillas y antebrazos, como consecuencia de la corona de espinas, los azotes y las ca�das camino del Monte Calvario, respectivamente. La trigue�a policrom�a ha sido aplicada mediante t�cnica oleosa. La peana, realizada al igual que la pe�a imitando la pedregosa colina del G�lgota, presenta el curioso detalle de tener labrada una peque�a flor ante los pies descalzos del Var�n. Consta que la imagen ha sido restaurada en varias ocasiones. Fue intervenida en 1920, aunque se desconoce el autor y el alcance de la restauraci�n. Francisco Pel�ez del Espino la restaur� en 1977, y la muerte de Luis Ortega Bru, quien iba a reparar la p�tina de la talla en 1982, hizo que esta intervenci�n fuese concluida por el dorador Manuel Calvo Camacho. Por �ltimo, como hemos mencionado anteriormente, la imagen fue objeto de una ejemplar restauraci�n por el IAPH entre 1996 y 1997, descubri�ndose su fecha y autor�a. Dicha intervenci�n consisti� b�sicamente en subsanar los da�os ocasionados por la restauraci�n de Pel�ez del Espino, quien perfor� varias de sus zonas para la introducci�n de espigas de madera y elementos met�licos que consolidaran el soporte, siendo los agujeros rellenados con pasta sint�tica y cubierta �sta con burdos repintes artificiales. Todo ello result� bastante perjudicial para la obra, que presentaba numerosas grietas, fisuras y levantamientos de la policrom�a en las partes que fueron perforadas. Ante ello, el IAPH decidi� eliminar todos los elementos met�licos ex�genos y sustituirlas por piezas de madera, as� como eliminar las antiguas espigas, instaladas en el vac�o, y resanar posteriormente los agujeros, eliminando tambi�n la pasta sint�tica que los tapaba. Finalmente, se estucaron las lagunas existentes, se llev� a cabo una reintegraci�n crom�tica invisible de las lagunas pol�cromas con materiales reversibles (manteniendo los desgastes en los pies producidos por los besos y roces de los devotos) y se limpi� superficialmente la escultura (12). Las figuras secundarias que acompa�an al Cristo de las Penas en su desfile procesional representan a dos sayones rif�ndose la t�nica de Jes�s y a un pretoriano contemplando la escena. Todas ellas fueron labradas por el imaginero sevillano Antonio Castillo Lastrucci (1952), siendo reformadas por Jes�s Dom�nguez V�zquez (1972), quien sustituy� las telas encoladas que las recubr�an por vestiduras naturales. En definitiva, una excelente obra que sit�a a la imaginer�a procesional en la esfera del arte mayor y uno de los mejores exponentes para conocer la obra de un escultor, cuyo descubrimiento y justa apreciaci�n de su obra han tenido lugar pr�cticamente a ra�z de la �ltima restauraci�n de la misma, y sin cuya renovadora aportaci�n a la escultura religiosa andaluza no podr�an entenderse la posterior evoluci�n de genios consagrados como Rold�n o Gij�n ni, en definitiva, el barroco sevillano imperante en la segunda mitad del siglo XVII. Jesus Abades Enero de 2005 Bibliograf�a (1) GONZ�LEZ G�MEZ, Juan Miguel y Jos� RODA PE�A, Imaginer�a procesional de la Semana Santa de Sevilla, Sevilla, Universidad de Sevilla, 1992. (2) ROMERO TORRES, Jos� Luis, El escultor flamenco Jos� de arce: revisi�n historiogr�fica y nuevas aportaciones documentales, Jerez de la Frontera, Revista de Historia de Jerez, n� 9, 2003. (3) RECIO MIR, �lvaro, Jos� de arce en la Catedral de Sevilla y el triunfo del dinamismo barroco en la escultura hispalense, Sevilla, Laboratorio de Arte, n� 15, 2002. (4) BERNALES BALLESTEROS, Jorge y Federico GARC�A DE LA CONCHA DELGADO, Imagineros andaluces de los Siglos de Oro, Barcelona, 1986. (5) ROMERO TORRES, Jos� Luis, El escultor flamenco Jos� de arce: revisi�n historiogr�fica y nuevas aportaciones documentales, o.c. Divide su trayectoria en cinco etapas: "la primera etapa sevillana" (1635-7), "la primera etapa jerezana" (1637-9), "la segunda etapa sevillana" (1639-41), "la segunda etapa jerezana" (1641-8) y "su definitiva residencia en Sevilla" (1648-66). (6) GOMEZ MORENO, Mar�a Elena, Escultura del siglo XVII, en Ars Hispaniae, vol. XVI, Madrid, 1963 (7) ESTEVE GUERRERO, Manuel, Guia art�stica de Jerez de la Frontera, Ediciones Everest, 1974. (8) ROMERO COLOMA, Aurelia Mar�a, La Escultura Andaluza del Siglo XVII, Jerez, Algazara, 2003. (9) RECIO MIR, �lvaro, Jos� de arce en la Catedral de Sevilla y el triunfo del dinamismo barroco en la escultura hispalense, o.c. (10) DE LOS R�OS MART�NEZ, Esperanza, Jos� de Arce y la escultura jerezana de su tiempo: 1637-1650, C�diz, 1991 (11) VVAA, La restauraci�n cient�fica, en Arte y Artesanos de la Semana Santa de Sevilla, Sevilla, El Correo de Andaluc�a, 2000. (12) Datos extraidos de la memoria de intervenci�n de la imagen de Nuestro Padre Jes�s de las Penas por el IAPH, Sevilla, 1997. |